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José Junquera Peña

 

 

 

Noreñenses

 &

 Polesos

 

Estampa costumbrista

y musical en un acto

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

A los componentes del Orfeón Condal de Noreña,

 por su esfuerzo y dedicación (y varias  cosas más).

Con  admiración y gratitud.

 

 

Versión definitiva

(Última corrección: el 10 de mayo de 2013 por la mañana)

 (la puntuación será precisa, exagerada y las frases cortas para que el narrador remarque los tonos y no se ahogue por falta de aire en sus pulmones. El texto se puede reducir, simplificar y corregir mucho más. Carlos Tineo, el narrador, posee una voz adecuada y le da el tono. Bravo y muchas gracias Carlos. En algunos momentos pensé que no estabas leyendo este texto. se omitirá La dedicatoria)

 

  • I) Exposición

     Narrador:   Había una vez dos pueblos con sus casas arracimadas en torno a unas plazuelas en las que el guirigay juvenil rompía  el   silencio de los más viejos. Sus tejados brillaban como rubíes bajo la lluvia terca y mansa, como joyas engarzadas  entre los manzanos en flor.

     Sobre los dos pueblos pesaba un secular aburrimiento interrumpido tan sólo por la voz metálica y medieval de un reloj que, como el acero de una navaja, advertía del antes y el después con cada tañido de campana.

     Rencillas, rivalidades, envidias y amoríos rompían aquel tedio. Y así, los antagonismos políticos, la arrogancia de unos  y  otros, las pasiones no correspondidas, fueron  deteriorando las relaciones entre ambos pueblos.

     La villa de Noreña era laboriosa. A su favor, poseía una buena nómina de  militares y eclesiásticos, y  de burgueses enriquecidos en las fábricas de zapatos y de productos cárnicos. Todos ellos salvaguardaban la fe y las tradiciones, no en vano el obispo de la diócesis ostentaba el noble título de Conde de la Villa.

     No se quedaban a la zaga los polesos. ¡Buenos eran ellos! Pero  no tenían obispo, y, aunque algunos lo echaran en falta, otros se  mostraban  orgullosos  de ello. En la Pola,  se decía, vivían los terratenientes y los  nobles propietarios de las extensas tierras del  concejo.

     Y además estaban las gentes comunes de uno y otro lugar, anónimas, o quizás  no tan anónimas,  toda una caterva de pillos y jaraneros con nombres y apellidos que, como santo y seña, abrían  los más férreos postigos en varios kilómetros a la redonda: el pueblo llano, los que sufren, los que aman, los que cargan sobre sus hombros con  el peso de la vida..., los Chutos, los Venturos, los Tomasinos,  los Chiribicos...  Los Guaxos, los Tarabicos, los Panchulos, los Cagancios, los Japios...

     A simple vista, no había tanta  diferencia entre   polesos y noreñenses, pero daba la sensación de que la nobleza campesina y los ricos labriegos rivalizaban con el florecimiento económico de la incipiente  burguesía. ¡Vaya Vd. a saber!

     Quizás en ello radicaba la principal diferencia entre ambos pueblos.

     No obstante, la iglesia seguía administrando  las almas, los diezmos y las primicias, aunque los polesos, más atentos a los bienes terrenales, se saltaban con frecuencia los  preceptos.  En cambio, los de Noreña, con sentida devoción, veneraban al cuerpo de Cristo en su afligido Ecce-Homo, al verdadero Hijo de Dios nacido de María.

     1).  Ave verum corpus, de Mozart

Narrador:  No obstante, dos veces por semana, se interrumpía aquel secular aburrimiento: los martes en la Pola, los viernes en Noreña. Las gentes se daban cita  en uno y otro lugar para trapichear con sus mercancías, con los excedentes de las cosechas...  O con las vidas ajenas. Pues, como en cualquier mercado, corrían las novedades, bautizos, entierros, noviazgos, herencias, casamientos...,  y los escándalos, cuando los había.

     Los gochos  protagonizaban  los viernes en  Noreña. El golorín de  les morcielles y les moscancies; de los sabadiegos y  los chorizos... Zapatos,  alpargates y otros muchos útiles se conseguían por compra o por trueque.

     En cambio, los martes en la Pola corrían los excedentes agrícolas y ganaderos;  cestos y macones; preseos de la llabranza; madreñes y zapicos, fesories, gadañes y garabatos.

     Aquellos días de mercado  eran un hervidero de muchedumbres. Un ir y venir de labriegos con sus yuntas y sus carros;  matarifes, compradores indecisos, mercachifles que al menor descuido engatusaban a los más incautos y desprevenidos. Unos y otros intentaban salir airosos en el trueque, no fuera que les colgasen el sambenito de ser los más tontos del lugar... Y regateos, acuerdos y desacuerdos, juramentos, desafíos e improperios se mezclaban a voz en grito...

     Cuando puestos y tenderetes  se desmantelaban, hombres y mujeres  formaban corros bulliciosos  delante de las tabernas, pues juntos corrían el dinero y el vino, la sidra y el aguardiente. Se bebía, se cantaba, se gritaba al alto la lleva, y los borrachos organizaban sus trifulcas.  Faltosos y babayos,  se mofaban  de las buenas gentes, laboriosas y respetables,  tanto como ellos mismos, pero que en días tan señalados se obstinaban en permanecer sobrios a fuerza de mirar por la peseta.

     Y como no hay fiesta sin tarasca, en aquel maremágnum, la trifulca estaba asegurada. En la Pola, provocada por los que venían de Noreña. Y en Noreña, cada viernes terminaba con la expulsión de los alborotadores polesos. Unos y otros se acantaciaben hasta el límite infranqueable de  Ferrera. Aquellas algaradas terminaban ya en la noche con una larga letanía de improperios e imprecaciones.

     Verdad era que la sangre nunca llegaba al río  aunque sólo  faltase  el canto de un duro para ello.

     Cuando ya los gallos saludaban al alba y las primeras luces del amanecer se prendían de la Peña Careses, realzando su imagen de diosa, los noctámbulos  retornaban a sus hogares, a sus labores, a sus penas, a sus fracasos, a sus amores. El sol se colgaba entonces del Picu Castiellu y a las plazuelas retornaba la quietud  secular.

 

 

 

 

•II)        Nudo

 

     Narrador: Pero un día las desavenencias, que como larvas habían ido minando los ánimos de unos y otros, sin saber a ciencia cierta el porqué, se despertaron.

     Aquellos que se aborrecían en silencio tomaron la palabra y de las palabras pasaron a los hechos. Familias había en Noreña que tenían como mandamiento inquebrantable no pisar el polvo de las calles enemigas. Vecinos de la Pola juraban eterna enemistad a los condalinos. La buena samaritana, de ser polesa,  habría de negarle la sal y el agua a un condalino, si ello fuere menester.

     Aunque el travieso amor enredase a alguien de los unos con alguno de los otros, obligándolos a la traición.

  2). Asturianía en Fa, 3'

     Narrador: Aquel martes en la Pola, como siempre, el mercado bullía  en su apogeo. Sonaban en el empedrado los cascos de los caballos.  Se oían cantar los carros.  Los perfumes de la huerta, el vaho de animales y personas, la matanza traída desde Noreña, llenaban el aire.

     Doña Amelia Somonte vivía arropada por las rentas y no abandonaba a su hija Marina que crecía bajo la mirada atenta  de su madre.  En su calesa  tirada por dos alazanes, bien enjaezados con sus pecheras de cascabeles, avanzaban cortando la multitud, despertando la admiración a su paso.

     Marina poseía toda la belleza de un amanecer y a sus ojos se asomaba  un  mar de primavera.

     Tanta hermosura y poderío jamás pasaban desapercibidos.

      3). Banda: Caballo al paso, de Moment of Morricone  1:06

     Narrador:     Cada martes, madre e hija, acudían a disfrutar del mercado, a entregarse al placer de las compras y el regateo.

     También por la feria se paseaba semana tras semana Antón el Celleruelu,  que no disimulaba  la impaciencia que le producía el paso de  aquel carruaje. Y al tiempo que deslizaba sus ojos sobre el aterciopelado pelaje de los caballos, como una caricia, también buscaba la mirada de Marina.  No cabía la menor duda. Estaba enamorado. Pero, ¿qué ofrecerle? No tenía dónde caerse muerto, y, además, para colmo de su infortunio, era noreñense...

     A Marina no le faltaban pretendientes, y D. Manuel era el preferido de su madre. Con posibles, ya peinaba canas y, además,  su nacimiento lo  enraizaba en suelo poleso.

     Pero...,  ¿de quién sería el corazón de Marina?

 

     4). Solo Tenor y Banda:  María, de West Side Story,

 

     Narrador: Marina, tímidamente, también buscaba los ojos del apuesto Antón.

     Hombre de bien, trabajador, su mirada  reflejaba la triste realidad de su pasión: Marina nunca sería suya.

      Era mucho más lo que los separaba que lo que los unía. Y la herida de aquel amor se agrandaba hasta  paralizarlo. 

     Otros ojos -los de  D. Manuel-, los vigilaban de cerca.

     D. Manuel intuía los  sentimientos de los mozos, pero no quería darse  por enterado. La rivalidad, los celos,  fueron anidando lentamente, acrecentándose hasta alcanzar dimensiones insospechadas. Y fraguaba la venganza  con el sigilo de un felino: acechante, sin  movimiento y sin ruido.

     Aquel martes en la Pola bastó que Antón acariciase   los caballos de las Somonte para que prendiera en él la chispa de la ira. No le cabía la menor duda: aquellas caricias  tenían otra destinataria.

     Primero fueron los insultos, que como dardos se estrellaban contra un escudo de acero, pues Antón no quería bronca.

     Cuando uno no quiere, dos no riñen, pensaba el noreñés.

 

     5). Coro y Banda: Prólogo, de  West Side Story,  0:40

 

     Narrador: Después vinieron las amenazas, los insultos, los empujones, los puños en alto... Y ya el duelo fue inevitable.

 

     6). Banda: Bueno, feo y malo, de Moment of Morricone,  2:00

 

     Narrador: Antón temía perder  a su amada, morir sin confesarle su amor. Un puñetazo colmó su paciencia y saltó sobre su agresor. Los noreñenses hicieron causa común al lado de Antón. Se sentían acorralados en territorio enemigo; los de la Pola se defendían del ultraje inferido a D. Manuel y a las Somonte, y, en venganza, juraban arrojar a sus rivales y a todos los noreñeses fuera de la villa. Los dos hombres se convirtieron en un ovillo de sudor y barro. Se levantaban jadeantes. Se caían nuevamente. El tumulto, como si todos los presentes se hubieran sentido agraviados, fue en  aumento. Los fardos, los tenderetes, las mercancías, los cachivaches, saltaban por los aires y se deshacían  con un estruendo ensordecedor. Antón y Manuel, enzarzados, rodaron por los suelos hasta que un grito cortó el aire como el filo de una navaja... Y de pronto,  los mozos huyeron de estampida dejando sobre  el barro varios cuerpos malheridos  con sus almas ultrajadas.

    Marina sufría con angustia la ausencia de su amado y con denuedo  imploraba al Cristo de Santa Ana por la vida de su amor noreñés. Sus padres jamás consentirían su boda.  De buen grado huiría con él. Así se lo confesó a su amiga Olaya.

 

     7). Coro y Banda: América, de West Side Story,  3:00

 

     Narrador: Y una noche, bajo  sus rejas,  el joven enamorado, aún malherido, le declaraba su amor. Le rogaba que huyera con él a tierras a las que  no llegasen odios ni rencores.  Tendrían hijos, serían felices...

     ¿Qué otra cosa necesitaban?

 

     8). Coro y Banda: La Playa Moza 10:50

 

     Narrador: También Marina  deseaba compartir su existencia con Antón. No podría vivir sin él. Pero  temía que su familia y sus hijos padecieran  el desprecio por aquella  relación. Al final venció el amor  y Marina puso como condición  que aquel Cristo dolorido, al que tanto había implorado por la vida de su amado, bendijera aquella unión sobre la tierra. Al alba, tan sólo con el Ecce-Homo como testigo.

 

 

     9). Coro y Banda: Pie Jesu, del Réquiem Mass,  3:00

 

     Narrador: Y los novios huyeron aquella misma madrugada... 

 

     Pasó el tiempo. Y sobre él se escribió lo que los hombres llaman la historia.

     Nuestros héroes buscaron la felicidad. Trabajaron con denuedo. Llegaron los hijos...

     Pero la añoranza de la tierra y sus verdes ribazos, entristecían  la mirada de Marina. E incluso, a veces, Antón se tornaba hosco y sombrío. El bullicio de los viernes  en Noreña, el tañido de las campanas de su iglesia, el deseo de  abrazar a los padres, a los  amigos,  el Carmín de la Pola,  tomar un culín de sidra bajo la panera...  se convirtieron en un recurrente martirio para ambos; en el sueño deseado, por inalcanzable, de sus vidas.  Entristecidos y melancólicos, la infelicidad ya no los abandonaría.

     Anhelaban el balsámico perfume  de los manzanos en flor,  oír desde su escondrijo al cuco avisador, o el trino de los ñervatos  al amanecer.  Y sobre todo, deseaban fervientemente que sus hijos besaran la sagrada tierra de sus antepasados.

     Ambos pensaban que jamás  regresarían.

     !Oh,  pueblo mío, tan bello y lejano! ¡Oh, remembranzas  tan queridas y tan crueles!

 

 

     10). Coro y Banda: Va, pensiero, de Nabucco, 4:40

 

•III)  Desenlace

 

     Narrador: Durante años, las cartas de Marina llegaban a la Pola plenas de añoranza. Y Olaya mostraba aquellas cartas impregnadas de ternura a los padres de Marina y Antón. Aquellas cartas  que hablaban de su amor por ellos  y por la tierra que los vio nacer. Y en las que una trémula letra infantil constituía la llamada de los nietos por conocer.

     Más arduo  fue amansar  el resentimiento de  D. Manuel. Idas y venidas. Citas en secreto. Promesas... Pero, al fin,  D. Manuel  también  olvidaría.

 

     Narrador: Marina y Antón volvieron a la tierra de sus quereres. Las rencillas de ambos pueblos quedaron en la sombra. Las campanas repicaron a gloria  y los cohetes impregnaron  el aire  con su olor a pólvora y a fiesta. Corrió la sidra.  Y la gaita sonó hasta bien entrada la noche entre cantos y bailes. La Danza Prima los engarzó a todos hasta el amanecer...

     Besos,  abrazos,  súplicas, lágrimas, buenos deseos...,  parecía que por  fin  los dos pueblos, como dos familias malavenidas, se habían  reconciliado.

     Los Cristos del Ecce-Homo y el de Santa Ana fueron testigos de aquel perdón.

     Desde entonces, polesos y noreñenses, noreñenses y polesos,  vencen juntos la  rivalidad y la animadversión, sabedores de que la unión y la fuerza de la amistad les permitirán recorrer juntos cualquier camino, sea éste el de la adversidad o el de la felicidad.

    

 

 

 

 

                                               F  I N

 

 

 

 

 

 

 

 

Muchas gracias por la inestimable labor de todos los que han intervenido en la obra, muy especialmente a los directores musicales (Morató, Cecchini: os pido disculpas si en algún momento resulté impertinente) y también a la Asociación Cultural Contigo, por crear y creer en este trabajo. Y a Pipo por su apoyo. Y por supuesto, a todos los que   me han corregido o sugerido cambios en el texto. El éxito ha sido vuestro. Y que se repita pronto.

 

¡Muchas gracias a todos y enhorabuena!

 

 

 

 

 

Noreña, 18 de mayo de 2013